Es una pregunta que escucho con mucha frecuencia entre dueños de negocios. Y casi siempre, antes de analizar lo que está sucediendo, aparecen respuestas bastante conocidas:
“Ahora cuesta mucho con los empleados”.
“Ya nadie quiere trabajar”.
“No hacen las cosas bien”.
Y puede que en algunos casos tengan razón. Hay buenos y malos trabajadores, así como hay buenas y malas empresas. Pero ¿realmente podemos explicar toda la rotación de personal diciendo que el problema son los empleados?
¿O será que hay algo más que deberíamos revisar?
No quiero convertir esta lectura en una clase magistral sobre liderazgo. Mucho menos llenarla de conceptos que probablemente usted ya haya escuchado alguna vez. Al contrario, quiero que en pocas líneas podamos identificar algo que muchas veces pasamos por alto cuando dirigimos un negocio.
La alta rotación de personal puede tener muchas causas. El salario es una de ellas, por supuesto, pero no es la única.
Una persona también puede irse porque no encuentra oportunidades de crecimiento, porque no se siente parte de la empresa, porque trabaja en un ambiente desgastante o simplemente porque no entiende hacia dónde va el negocio ni cuál es su papel dentro de él.
Y aquí hay algo que considero importante reconocer.
A la mayoría de los dueños de negocios nadie les enseñó a liderar personas.
Aprendieron a vender, producir, atender clientes, negociar con proveedores, resolver problemas y, en muchos casos, hasta llevar las cuentas de su propia empresa. Pero dirigir personas es otra cosa.
Muchas veces pensamos que mientras paguemos el salario a tiempo debería ser suficiente. Sin embargo, las personas no funcionan únicamente a partir de una transferencia a final de quincena.
La parte emocional también importa.
Sentirse escuchado, saber qué se espera de uno, recibir retroalimentación, tener posibilidades de crecer, trabajar en un ambiente respetuoso y entender que nuestro trabajo tiene algún sentido dentro de la empresa puede marcar una diferencia enorme.
El problema es que el día a día pocas veces nos deja pensar en esto.
Hay que vender, cobrar, pagar proveedores, resolver un problema con un cliente, revisar una factura, atender una queja y probablemente solucionar alguna situación que apareció esa misma mañana.
Vivimos apagando incendios.
Y cuando estamos en esa dinámica, difícilmente encontramos tiempo para preguntarnos cómo está nuestro equipo.
¿Cuándo fue la última vez que medimos el clima laboral?
¿Sabemos realmente qué tan productivos son nuestros colaboradores?
¿Conocemos qué los motiva o qué los está desgastando?
¿Nos hemos sentado alguna vez a preguntarles cómo se sienten trabajando en nuestra empresa?
Probablemente muchas empresas nunca lo han hecho.
Y tampoco se trata de culpar al propietario por eso. ¿Cómo vamos a hacerlo bien si nadie nos enseñó?
Quizás escuchamos algo sobre liderazgo en la universidad, asistimos a alguna charla o vimos algún video sobre el tema. Pero una cosa es conocer el concepto y otra muy diferente aprender a dirigir personas en medio de los problemas reales de una empresa.
Por eso, la próxima vez que un colaborador renuncie o que pensemos que “la gente ya no quiere trabajar”, quizás valga la pena hacernos una pregunta antes de buscar a su reemplazo:
¿Estamos construyendo una empresa en la que las personas quieran quedarse?
